A brochazos contra el español
Por Ricardo García Moya
La limpieza de sangre, metafóricamente, podemos aplicarla a cualquier producto cultural longevo. Así
lo hacía el notario Carlos Ros, en 1764, cuando escribía sobre "la limpieza de sangre de la voz o
palabra". Nosotros tenemos tres tipos de jueces que controlan nuestra pureza en la comunicación oral y
escrita; unos, desde Madrid, pontifican sobre el español o castellano; otros, desde el Institut de Estudis
Catalans, con los medios más sofisticados y con soporte económico institucional, controlan toda la vida
cultural y académica valenciana; los terceros, desde Valencia, tratan de conservar la lengua que
secularmente se Ilamó valenciana y tuvo independencia de las dos primeras.
Mientras los defensores del valenciano luchan con penuria de medios, los del Institut de Estudis
Catalans -coeditores del Diccionari de la Llengua Catalana junto al Grupo Moll y la Abadía de Montserrat-
, disponen de espontáneos que alientan la depuración idiomática a golpe de brocha. En la revista
"Pentecosta" -editada con soporte de la Generalidad Valenciana- incitan a que cojamos brocha y nos
lancemos a emborronar rótulos en castellano o valenciano, sustituyéndolos por la lengua de Pilar
Rahola
("Pent". núm. 12, p.6). En la revista dan ejemplo al tachar el rótulo "Convento de Capuchinas",
sustituyéndolos por el de "Caputxines"., Pero no está tan claro, como veremos, que la "pureza de sangre
del vocablo" admita la vasco-catalana TX en valenciano.
Hace poco, la Orden Capuchina celebraba su IV Centenario de presencia en el RV, concretamente
desde 1596. En el acto celebrado en Ollería -quizá por la modestia de los hermanos-, no se hizo hincapié
en cierta historia que no consta en los libros de texto, aunque sí en un amarillento legajo valenciano
retenido en el mal llamado Archivo de la Corona de Aragón. Los protagonistas de esta historia, por
tanto, fueron los populares religiosos descalzos de la orden de San Francisco, reconocibles por su larga
barba, sandalias y un capucho puntiagudo que cubría la cabeza. La orden fue fundada en 1525 por
Matteoda Bassi, su vestimenta y disciplina fueron autorizadas por el Papa en 1528. EI nombre de la
Orden parece proceder del italiano "cappuccio", aunque el mozarabismo "capacho", común a los
romances hispánicos, pudiera sugerir origen peninsular.
EI hecho sucedido en 1644, en plena guerra dels Segadors, con mosqueteros franceses que parecían
salidos de la fantasía de Alejandro Dumas, y una retahíla de famélicos catalanes que seguían sus pasos,
saqueando haciendas y virginidades en las villas del Maestrazgo. Parte de las tropas valencianas situadas
en la frontera norte actuaban bajo el mando de la Orden de Montesa, por lo que en Valencia seguían
armando caballeros según ritos medievales: "La espada desnuda, tres golpes, uno en cada hombro y otro
en la cabeza"; como se hizo con Jayme Font de Nules (ACA, L.896). Pero la contienda necesitaba a toda
la sociedad.
Tortosa, primera línea de fuego, estaba en poder del rey de Valencia en 1644; aunque las infiltraciones rebeldes
se perpetraban por el Convento de Capuchinos situado extramuros. La situación se hizo tan
insostenible que las autoridades solicitaron a Felipe IV la sustitución de frailes catalanes por valencianos:
"Los procuradores, cabildo y gobernador de esta ciudad de Tortosa; solicitan a vuestra majestad que
saque del Convento de Capuchinos desta ciudad a los religiosos catalanes y entregue dicho convento a
los Capuchinos de la provincia de Valencia" (ACA, L.695).
EI término "provincia de Valencia" era una división eclesiástica casi coincidente con el del Reino, de ahí que el
obispo de Tortosa anunciara tras el cambio que "todos los padres Capuchinos que asisten son hijos
deste Reyno de Valencia". Las cartas constatan la actuación castrense, con arcabuces y picas, de los
frailes valencianos en los muros tortosinos:
"Sin reparar en peligros, ni amenazas de los Mlcaletes (sic), ni en la muerte de religiosos; haciendo
centinelas y cuerpo de guardia con armas defensivas para que aquel convento como puesto más
peligroso de la ciudad se conservase."
La anécdota de frailes valencianos luchando en la frontera norte contra Cataluña no sorprendía a nadie en la época
foral, pues la ambigüedad sobre nuestro pueblo es reciente y responde a los mismos intereses que provocaron en 1644
los ataques de "micalets" al Maestrazgo. Es evidente que los capuchinos valencianos del siglo XVII jamás habrían
tolerado que los castellanos o los catalanes de la revista catalana "Pentecosta", les tacharan su ortografía a
brochazos.
Los capuchinos tenían merecida fama de cultos y les gustaba emplear la lengua valenciana en su correspondencia,
como hicieron en la guerra dels Segadors. Las cartas remitidas entre Tortosa y Valencia pueden servir de
ejemplo, analicen léxico y sintaxis de la fechada el 13 de mayo de 1644:

"mentres governava les armes de VM en esta ciutat del Convent dels Capuchins que está fora los
murs della als religiosos cathalans per poch afectes (...) cridaren als pares capuchins de la Provincia de
Valencia... y que ademés mereixen" (ACA, D.12-4).
Llama la atención los vocablos prohibidos por los inmersores (mentres, esta, y, ademés, capuchins...), que
demuestran la independencia del valenciano respecto al catalán. La Orden Capuchina siempre fue muy
culta y no parece razonable, pues, que la revista "Pentecosta" -empeñada en la catalanización de
Castellón y la incorporación del norte del RV a la diócesis única catalana- les diga cómo tienen que
escribir. Respecto a la voz valenciana "capuchins", fue un neologismo diferenciador de los otros
peninsulares, "caputxí" catalán y capuchino castellano; nacidos los tres a fines del siglo XVI.
Las Provincias 25 de Febrero de 1996